Diario de una sindicalista (6). Día del Orgullo LGTBI

Diario de una sindicalista (6). Día del Orgullo LGTBI

Un día como hoy, hace dos años, mi madre sin levantar la vista de su labor de punto, me dijo: “Ahora que lo pienso, Merceditas y Conchi debían ser mas que amigas ¿no crees?. Ellas vivían juntas, lo que era muy natural, porque así se hacían compañía. Entonces no sabíamos que las mujeres se podían casar. Si hasta pensábamos que si besabas a tu novio te podías quedar embarazada. Pero ahora que se habla tanto…y he tenido que llegar a los ochenta y cinco años para comprender que eran pareja…y ¿sabes que te digo? Que si lo llego a saber antes…pues no se…que a lo mejor yo hubiera pensado en tener otra vida…” 

Me lo dijo con una naturalidad que tuve que respirar hondo para tener tiempo para responder. Y por primera vez, y a mis cincuenta años, informe a mi madre, que era lesbiana y que lo que había entre Trini y yo era mucho mas que amistad. A lo que ella, levantando los ojos de su labor, me contesto “lo sé hija…lo supe el día que me la presentaste. Pero el saber no quiere decir que tenga conciencia de ello. Anda, dile que venga este domingo y hacemos un cocido, invitamos a tus hermanos y preparamos una fiesta, que digo yo, que porque no vas a poder casarte como el resto de tus hermanos. Así que el domingo lo comunicamos a todos” 

En realidad, a mi me podría pasar como a las amigas de mi madre. Las mujeres que amamos a otras mujeres, somos doblemente invisibles. Es como si la sociedad creyera que seguimos jugando a las muñecas, ignorando que tenemos deseos y el derecho de construir relaciones con derechos. A lo largo de la historia, la invisibilidad del amor entre mujeres ha sido un hecho. Disfrazadas de mejores amigas, hemos paseado por las plazas de las ciudades, hemos convivido bajo el mismo techo, o viajado sin la menor sospecha y sin resultar molestas. No nos han encerrado en un armario. Simplemente hemos sido invisibles. 

El hecho de ser invisible conlleva el ser tratadas con la condescendencia del quien teniendo el poder, te deja existir, siempre que no hagas ruido. Siempre que no incordies. Así que aprendes a estar calladita, sentada en el borde la silla, sin levantar la voz. Y al hacerlo, una parte de tu identidad, de tu capacidad para moverte, para transformar la realidad, para llevar las riendas de tu vida queda cercenada. Desde la invisibilidad no somos. 

La misma situación que he vivido en mi familia la he vivido en el trabajo y en el sindicato. Hasta que un día me canse de no hablar de mi pareja. De poner excusas sobre donde iba de vacaciones, de aguantar chistes machista. De escucha ideas estúpidas como que en las parejas de lesbianas una tenía el rol de chica y otra el de chico, o que las personas LGTBIQ estamos continuamente en pie de guerra. Me canse de que una parte de mi identidad estuviera escondida bajo capas y capas de prejuicios. Y decidí mostrar esa parte de mi vida que mi entorno prefiere ignorar. Agradezco infinito al movimiento LGTBIQ que haya luchado por nuestros derechos. No son solo palabras. Mi compañera y yo somos madres de un niño y una niña. Tenemos un proyecto en común, una casa en la que vivimos…y hasta unos pequeños ahorros. Si nuestra unión no es reconocida legalmente, nuestros derechos como madres, propietarias. Nuestros derechos para cuidar a los hijos o a nuestras familias…todos estos derechos que se reconocen al resto de la población, nos serian negados. No son causas menores. Son conquistas de las trabajadoras y trabajadores que nos incluyen a todas las personas, sin discriminación por su identidad u orientación sexual. 

Son derechos. Y también el reconocimiento de quien soy. Sindicalista, de izquierdas, trabajadora, feminista, lesbiana, madre….esta soy yo. Todo esto soy yo. Es lo que me hace vivir cada día plenamente, intentando desde la UGT construir un mundo donde nadie se sienta invisible o excluido. 

Este año, en el día Internacional LGTBIQ. Con estas palabras quiero subrayar mi orgullo personal y el orgullo de pertenecer a una comunidad sindical que lucha por una sociedad mejor. 

Mama. Ya lo he hecho. En cuanto pase la pandemia me caso e invito a las compañeras y compañeros sindicalistas. Que tenemos que celebrar quienes somos después de tantas décadas de invisibilidad. 

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